"Hace unos años, el premio Nobel de medicina Eric Kandel investigó en ratones la respuesta al estrés a través de una injuria. Los animales que eran sometidos a una agresión abandonaban sus crías, rompiendo el instinto de cuidado. Así mismo en estos animales se sintetizaba en su cerebro unas proteínas, que correspondían a la memorización emocional del evento agresivo. Por otro lado, cuando se repetía este evento en un nuevo estudio pero se inhibían las proteínas, la memoria emocional del animal no se generaba y así no cambiaba su conducta de cuidado.
Así, Kandel planteó la importancia de la influencia ambiental sobre la toma de decisión más primitiva, pero muy importante, como el cuidado de crías. Y al mismo tiempo describió cómo esta influencia era canalizada a través de material biológico, como proteínas.Es decir consiguió describir un mecanismo de transducción de una energía ambiental en materia.
Realizó una prueba y contraprueba, planteando que esto podría ser el equivalente a la respuesta humana, por ejemplo: del estrés postraumático. En el que ante una injuria se afecta el psiquismo de la personas.
Rápidamente algunos especialistas le refutaron que estaba biologizando la conducta humana. A lo que él respondió que en realidad más que biologizarla estaba justificando científicamente la psicoterapia.
Pues así como el ambiente producía sustancias y modificaciones concretas en el cerebro, también desde medidas dinámicas y externas como la psicoterapia podría modificarse el sistema nervioso y las conductas".
miércoles, 10 de enero de 2018
viernes, 5 de enero de 2018
Meditación y neurociencias
Singer preguntó cómo se medita. Ricard le dijo que lo primero es la perseverancia. "Hay que entrenarse una y otra vez. No se puede aprender tenis sosteniendo una raqueta por unos minutos cada algunos meses". En la meditación, el esfuerzo apunta a desarrollar un enriquecimiento interno. "Un enriquecimiento que no es pasivo sino voluntario, y dirigido de manera metódica. Cuando uno dedica ocho o más horas por día a cultivar ciertos estados mentales que ha decidido cultivar y que ha aprendido a cultivar, reprograma el cerebro", dijo, con un término de la neurociencia.https://www.infobae.com/america/mundo/2017/12/21/todo-lo-que-el-budismo-le-puede-ensenar-a-la-neurociencia/
martes, 2 de enero de 2018
Modas
PSICOLOGÍA NEGATIVA
Me contrariaba leer recientemente en una revista un reportaje sobre “las psicoterapias de moda” que afirmaba que la llamada “psicología positiva” es probablemente el movimiento más importante de la psicología en lo que va de siglo, junto al mindfullness. Reconozco que nunca he simpatizado demasiado ni con las modas ni con esa supuesta “ciencia de la felicidad”. El mismo hecho de etiquetarla como ciencia de la felicidad o del bienestar me provoca ciertas reticencias. Ya es suficientemente controvertido el afirmar con rotundidad que la psicología es una ciencia como para que además le añadamos la coletilla “de la felicidad”. De todos modos, cuando cuestiono el uso de la palabra ciencia no lo hago restándole valor ni utilidad a la psicología. Creo que a día de hoy la invocación permanente de esta palabra es más un reclamo publicitario, con todo el engaño y frivolidad que lleva aparejado, que otra cosa. Si alguien realmente se cree que se puede hacer una ciencia de la felicidad el problema es aún mayor. Y no es que la felicidad (o como se le quiera llamar) no merezca estudio. Por supuesto que sí, de hecho, se viene estudiando desde hace siglos y desde muchas vertientes (filosofía, ética, religión, historia...). La diferencia es que ahora necesitamos acotarla en un redil científico para poder vender mejor nuestro producto. Una perspectiva contextual nos sugiere sin embargo que la persecución de la felicidad puede llegar a ser más un problema que una meta saludable.
Me contrariaba leer recientemente en una revista un reportaje sobre “las psicoterapias de moda” que afirmaba que la llamada “psicología positiva” es probablemente el movimiento más importante de la psicología en lo que va de siglo, junto al mindfullness. Reconozco que nunca he simpatizado demasiado ni con las modas ni con esa supuesta “ciencia de la felicidad”. El mismo hecho de etiquetarla como ciencia de la felicidad o del bienestar me provoca ciertas reticencias. Ya es suficientemente controvertido el afirmar con rotundidad que la psicología es una ciencia como para que además le añadamos la coletilla “de la felicidad”. De todos modos, cuando cuestiono el uso de la palabra ciencia no lo hago restándole valor ni utilidad a la psicología. Creo que a día de hoy la invocación permanente de esta palabra es más un reclamo publicitario, con todo el engaño y frivolidad que lleva aparejado, que otra cosa. Si alguien realmente se cree que se puede hacer una ciencia de la felicidad el problema es aún mayor. Y no es que la felicidad (o como se le quiera llamar) no merezca estudio. Por supuesto que sí, de hecho, se viene estudiando desde hace siglos y desde muchas vertientes (filosofía, ética, religión, historia...). La diferencia es que ahora necesitamos acotarla en un redil científico para poder vender mejor nuestro producto. Una perspectiva contextual nos sugiere sin embargo que la persecución de la felicidad puede llegar a ser más un problema que una meta saludable.
La crítica a la psicología positiva no implica, para nada, que uno esté defendiendo, en su lugar, una “psicología negativa” (que además de momento, y que yo sepa, no existe), ni que esté en contra de que la gente se sienta bien y feliz. Espero que no haya en el mundo ningún psicólogo que no quiera lo mejor para sus pacientes. De lo que estoy en contra es de un enfoque que divide en dos lo que se debe estudiar sin divisiones. Algo es “positivo” o “negativo” según el contexto, y si la psicología es una “ciencia” difícil o acaso imposible es precisamente porque todo depende del contexto. No quiero decir que no haya nada bueno en este enfoque. Ese énfasis en el desarrollo de potencialidades y fortalezas del paciente es muy útil en terapia, pero mucho me temo que no es “nuevo”. De hecho, puede que no sean más que lugares comunes de la psicología.
viernes, 22 de diciembre de 2017
miércoles, 20 de diciembre de 2017
miércoles, 13 de diciembre de 2017
Alarmas
REMEDIO Y ENFERMEDAD
Dicen ciertos expertos en salud mental que los psicólogos no deberíamos de tener nada en contra de que nuestras terapias se midan por la reducción de síntomas (sembrando así y como quien no quiere la cosa la duda sobre la utilidad y eficacia de las mismas). Se supone que ellos definen el problema diagnosticado e implican las molestias y el sufrimiento por el que la gente decide ir a consulta (los síntomas...). Sin embargo, este criterio, por obvio que a algunos les parezca, presenta numerosas limitaciones y no es inevitable. En primer lugar, supone una simplificación del problema. Se utiliza un listado de síntomas por la facilidad de su cuantificación, pero se sacrifica el entender qué le pasa a esa persona. Se trata de una medida que responde a un modelo médico, de modo que se evalúa con los criterios que convienen al diagnóstico psiquiátrico y al tratamiento consistente en la medicación. Y en segundo lugar, el propio diagnóstico consistente en un listado de síntomas para definir un trastorno mental carece de validez porque, entre otras cosas, ni siquiera se miden las entidades clínicas que se dicen medir. ¿Qué ocurriría si finalmente, resulta que los síntomas no son la diana adecuada para evaluar la eficacia terapéutica? ¿Se tambalearía un poco el modelo “normativo” de salud mental? Podría ser que éstos fueran, en realidad, experiencias normales e intentos de adaptación, dadas las circunstancias, en vez de manifestaciones de supuestas enfermedades y disfunciones subyacentes. ¿No sería más beneficioso verlos no como algo que urge eliminar cuanto antes, sino como una señal de algo que anda mal en la vida de la persona, que habría que identificar y entender, en vez de silenciar? De hecho, de no hacerlo así solamente estaremos apagando las alarmas dispuestas precisamente para alertar de que algo falla en el sistema.
Dicen ciertos expertos en salud mental que los psicólogos no deberíamos de tener nada en contra de que nuestras terapias se midan por la reducción de síntomas (sembrando así y como quien no quiere la cosa la duda sobre la utilidad y eficacia de las mismas). Se supone que ellos definen el problema diagnosticado e implican las molestias y el sufrimiento por el que la gente decide ir a consulta (los síntomas...). Sin embargo, este criterio, por obvio que a algunos les parezca, presenta numerosas limitaciones y no es inevitable. En primer lugar, supone una simplificación del problema. Se utiliza un listado de síntomas por la facilidad de su cuantificación, pero se sacrifica el entender qué le pasa a esa persona. Se trata de una medida que responde a un modelo médico, de modo que se evalúa con los criterios que convienen al diagnóstico psiquiátrico y al tratamiento consistente en la medicación. Y en segundo lugar, el propio diagnóstico consistente en un listado de síntomas para definir un trastorno mental carece de validez porque, entre otras cosas, ni siquiera se miden las entidades clínicas que se dicen medir. ¿Qué ocurriría si finalmente, resulta que los síntomas no son la diana adecuada para evaluar la eficacia terapéutica? ¿Se tambalearía un poco el modelo “normativo” de salud mental? Podría ser que éstos fueran, en realidad, experiencias normales e intentos de adaptación, dadas las circunstancias, en vez de manifestaciones de supuestas enfermedades y disfunciones subyacentes. ¿No sería más beneficioso verlos no como algo que urge eliminar cuanto antes, sino como una señal de algo que anda mal en la vida de la persona, que habría que identificar y entender, en vez de silenciar? De hecho, de no hacerlo así solamente estaremos apagando las alarmas dispuestas precisamente para alertar de que algo falla en el sistema.
Lo dicho no significa que me oponga a la medicación. Siguiendo el símil de la alarma, podríamos decir que a veces su sonido es tan alto y estridente que no nos permite reaccionar. En esos casos es necesario bajarle un poco el volumen para poder empezar a movernos... Ahora bien, si nuestro objetivo es únicamente la eliminación de los síntomas se producirá un rebajamiento en el funcionamiento global de la persona, resultando al final el remedio peor que la enfermedad.
martes, 5 de diciembre de 2017
Neurogénesis
Al final, se trata de cuidarlas. El alcohol y las drogas matan a las neuronas y varían la plasticidad sináptica. También el tabaco, la contaminación o cualquier elemento que afecte negativamente al sistema nervioso. Y la falta de ejercicio mental o la soledad. “Las neuronas no mueren por exceso de actividad, sino por justamente lo contrario, por inactividad”, confirma el experto García Verdugo.
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